LA BRÚIXOLA
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¿COMO SE FORMA UNA TORMENTA ESTÁTICA?

Hay tormentas que pasan como un patinete: hacen ruido, dejan poca lluvia y se van. Pero hay otras, mucho más bestias, que hacen una cosa inquietante: se quedan quietas encima de un mismo punto durante horas, como si alguien hubiera puesto la nube en “pausa”. Es lo que ha pasado en algunas poblaciones de la Safor y la Marina Alta durante esta última DANA del pasado 19 de octubre. Calles convertidas en ríos, barrancos que despiertan de golpe y pluviómetros haciendo horas extra, mientras a pocos kilómetros quizás solo llovía normal o, incluso, casi nada. ¿Cómo puede ser esto? La respuesta está en una combinación de piezas que, cuando todas encajan, se forma una máquina perfecta de fabricar lluvia que no para.

Una DANA es, simplificando mucho, una bolsa de aire frío a unos 5.500m de altura. Imaginad que arriba en el cielo entra una nevera gigante mientras bajo, cerca del mar, tenemos aire más cálido y cargado de humedad. El aire caliente pesa menos y quiere subir. Si encima encuentra aire frío, sube todavía con más alegría. Y cuando sube, se enfría, el vapor de agua se condensa y nacen las nubes de tormenta. Primero... nube, después cortina de agua, después truenos, rayos y el festival completo. Pero esto no explica todavía por qué la tormenta no se va.

La clave está en el viento. Las tormentas suelen moverse arrastradas por los vientos que hay en altura, que las empujan en una dirección. Pero en algunos episodios, estos vientos son débiles, o se compensan con vientos en superficie que soplan en sentido contrario, haciendo que la célula tormentosa se pueda quedar equilibrada sobre un mismo punto. Es cómo si no tuviera GPS ni gasolina: crece, llueve y se regenera casi en el mismo lugar. Y mientras no se rompa este delicado equilibrio de vientos, no dejará de vomitar lluvia sobre el mismo punto.

Y aquí está el problema, en la regeneración continua. Una tormenta no es una nube única y eterna, sino una fábrica de nubes. Puede morir una célula de tormenta, pero al lado nace otra, y después otra, y después otra. Si todas nacen y pasan por el mismo corredor, el resultado es el que denominamos “tren convectivo" porque los 'vagones de lluvia' circulan y se regeneran uno tras otro por la misma vía. Para el pueblo que queda debajo de esa vía, es una auténtica barbaridad. ¿Y quien pone la vía? Muchas veces, el Mediterráneo.

El Mediterráneo, cuando está caliente, funciona como una olla sin tapa. Evapora agua constantemente y carga el aire de humedad. Si sopla viento de levante (E) o de gregal (NE), ese aire húmedo entra hacia tierra. Cuando llega a zonas donde los vientos chocan entre ellos, o cuando se encuentra montañas, el aire es obligado a subir. Y cuando sube, descarga. El mar no echa cubos de agua directamente, pero alimenta la cinta transportadora: aire húmedo entrando sin cesar, nubes formándose sin cesar, lluvia cayendo sin cesar.

Las montañas también juegan fuerte. Una sierra puede hacer de pared. El aire húmedo llega, no puede atravesarla y sube. Esa subida extra enciende la tormenta o la refuerza. Por eso, en comarcas próximas al litoral o con relevos marcados, la lluvia puede multiplicarse. Un pueblo puede quedar justo en el punto donde el aire sube, converge y explota en forma de lluvia; y el pueblo de al lado, solo unos kilómetros más allá, puede quedar fuera del “cañón” principal.

Esto explica una de las cosas más desconcertantes de estos episodios: la desigualdad brutal de la lluvia. No llueve igual en todas las partes porque las tormentas no son una ducha uniforme; son más parecidas a una manguera descontrolada. Si la manguera apunta tres horas al mismo pueblo, ese pueblo se inunda. Si apunta un poco más a la izquierda, el desastre cambia de municipio.

Por eso, cuando una DANA encuentra un Mediterráneo caliente, viento húmedo persistente, aire frío en altura, relieve favorable y poco viento que desplace las tormentas, puede pasar lo peor: una tormenta estática. Y una tormenta estática no es solo “mucha lluvia”; es lluvia con insistencia, con puntería y con mala idea. La del pasado día 19 estuvo 9 horas seguidas!!!! descargando lluvias intensas en muchos puntos de la Safor y la Marina Alta.

La lección es sencilla: en estos episodios, no hace falta que llueva fuerte en toda la provincia para que haya peligro. Puede ser suficiente que un cumulonimbo (el rey de las nubes) decida quedarse parado encima de un barranco, de un pueblo o de una rambla. Y cuando el cielo pone el dedo en un punto del mapa y no lo quita, el agua escribe la noticia.

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